Editorial

Educar para la paz como melodía de fondo

Luz Aurora García, FMA

11/07/2017

A lo largo de la historia de nuestro país, los mexicanos sabemos que las represiones a la sociedad, la corrupción de los funcionarios y los abusos de poder han ido in crescendo, como ocurre en las piezas musicales fúnebres, que suben los tonos con sentido de muerte sin perder el ritmo, la concordancia y el tiempo. Al contrario, la melodía está como un fondo recurrente que poco molesta o que no provoca cuestionamientos sobre la que ocurre en nuestros contextos.

¿Podemos considerar que la sociedad está perdiendo su sensibilidad? ¿Dónde encontrar la capacidad de ser sensibles hacia el otro? ¿Es una actitud propia de los cristianos resistir los actos violentos y perdonarlos como lo sugiere el Evangelio? ¿Porqué continuar resistiendo las inclemencias de los actos incoherentes, forajidos y filibusteros de los que toman el poder? ¿Qué revolución deberíamos levantar a favor de la paz? ¿Qué melodía debería sonar de fondo para que vuelva la sensibilidad humana, para ver la necesidad del otro, el dolor que invade?
Para nosotros, los de corazón salesiano, la revolución radica en la educación. Es la música de fondo que, como acción pastoral, debe llevar ritmo y tono, con volumen alto para que sea escuchado y llegue al corazón de niños y jóvenes, quienes son los que modulan con la escucha propia de la sensibilidad inocente a favor de los demás. Los educadores salesianos estamos llamados a dirigir la gran orquesta musical de los corazones jóvenes, libres aún de la lacra de la violencia y de la muerte. Nuestro campo para generar sensibilidad son las familias que, con padres nutricios, podrán captar la intención de una melodía tal vez olvidada por el resentimiento, el odio y el dolor.

Educar en el día a día, acompañando, implica la disposición interna de la coherencia de la paz, manifestada en la paciencia, en la pacificidad y en esa paz que proviene de la gracia por la cercanía con Dios. La paciencia es la actitud que supera la tolerancia, va más allá del esfuerzo por aceptar al otro como es, es la capacidad humana de resiliencia de quien ama y sabe que debe esperar ante los procesos del otro en su pensamiento, palabras y acciones.

La pacificidad como actitud radica en la vivencia de un sentido de resistencia humano, cultivado por la autonomía propia del pensar del otro; del actuar del otro, convencido de que el uso de la libertad puede ser contraria a la propia.

La raíz de la paz para los cristianos está en Cristo. Contemplarle implicará recrear un corazón semejante al suyo, corazones que bajo el influjo de la humildad que viven la paz que proviene de la gracia de la cercanía con Él. El Papa Francisco lo define así: “Si quieren esta paz del Espíritu, si quieren al Espíritu dentro de ustedes, su corazón no se turbará. ¡Estén seguros de esto! Pablo nos decía que para entrar en el Reino de los Cielos es necesario pasar por muchas tribulaciones. Pero todos, todos nosotros, tenemos muchas ¡muchas! Más pequeñas, más grandes… ¡No se turbe su corazón! La presencia del Espíritu hace que nuestro corazón esté en paz. ¡No anestesiado, no! Consciente, en paz: con la paz que sólo da la presencia de Dios”.

Dejemos que el Espíritu Santo sea el Director Musical de nuestra tarea eductiva-pastoral.


¡No nos resignamos!

Myrna Rodríguez, FMA

13/06/2017

La pasada Asamblea Nacional de la Conferencia de Superiores Mayores de Religiosos de México, A.R. (CIRM), realizada en Querétaro, tuvo como tema Nuestros carismas al servicio de la justicia y la paz, y como lema “¡No nos resignamos!”, frase que hace memoria activa de las palabras del Papa Francisco en su visita a México.

Durante la asamblea se vivieron jornadas de intensa reflexión sobre los clamores de nuestro tiempo, una invitación y un compromiso de renovación, colocándonos en camino hacia las periferias sociológicas, geográficas y existenciales. En ese sentido, quiero invitarlos a mirar con y como Don Bosco y Madre Mazzarello, quienes dieron respuesta a los clamores de su tiempo. No perdamos la sensibilidad. Necesitamos abrir los oídos del corazón, tener una mirada atenta y comprometernos a actuar.
Les comparto parte del mensaje que los religiosos y las religiosas de México queremos dar a conocer a la sociedad:
«No nos resignamos al dolor que nos causa la situación de nuestra patria. Reconocemos que todo cristiano refleja en su identidad profunda el rostro de Cristo, desfigurado y resucitado, y que es propio de nuestra identidad ser profetas que dan testimonio martirial en la Iglesia. No nos resignamos a la injusticia y caminamos con paso decidido a replantearnos estructuras de animación que rompan con los miedos y acomodamientos que nos anestesian o impermeabilizan. No nos resignamos a los logros alcanzados y nos colocamos en el dinamismo de los sueños. No renunciamos al trabajo intercongregacional que nos lleva de la mano a la colaboración en redes en la búsqueda del bien común.
Nos comprometemos a estar presentes en el mundo de los olvidados, inmigrantes, refugiados, pueblos originarios, sin tierra, desempleados, mujeres y niñas, en especial quienes son víctimas de la trata de personas, divorciados, periodistas y defensores de derechos humanos silenciados. Nos comprometemos, a ejemplo del Papa Francisco, a buscar caminos de comunión y reconocimiento con quien profesa una espiritualidad diferente, con quienes por sus preferencias sexuales son excluidos. Nos comprometemos a estar más cerca del mundo de los jóvenes, con sus sueños e inquietudes, reconociéndoles el papel que tienen en la reconfiguración de la sociedad y sujetos activos para la construcción del México que tanto anhelamos. Nos comprometemos a promover procesos que nos alejen de la autorreferencialidad, para que nosotros mismos y nuestras comunidades seamos signo del México que deseamos.
Nos comprometemos a tener una presencia activa en los procesos electorales que se avecinan, colaborando con nuevas maneras de hacer política y buscando, desde los caminos de concordia, la construcción de una democracia más digna para todos los mexicanos. Tenemos muchos retos por delante, pero no estamos solos: tenemos la firme creencia en que ésta es la obra de Dios y que por ello siempre nos tiene de su mano".

Pueden encontrar todo el mensaje en cirm.org.mx/asamblea-nacional-2017


Caminando junto a los jóvenes con esperanza y real

ANS (Agencia iNfo Salesiana)

16/05/2017

Reunido con miles de jóvenes en Milán, el Papa Francisco sorprendió de nueva cuenta a todos al plantear un nuevo desafío a la Iglesia: ha propuesto la hermosa tarea de confrontarse con la realidad de los jóvenes, dialogar con ellos, escucharlos y, juntos, dejarse interpelar a la luz del Evangelio.
Este mensaje nos atañe de manera muy especial a nosotros, como Familia Salesiana, porque toca las raíces de nuestra identidad y lo propio de nuestra vocación y presencia carismática en la Iglesia, evocándonos las palabras de Don Bosco: “He prometido al Señor que hasta mi último aliento será estará al servicio de mis pobres muchachos”.

La invitación del Papa nos sitúa como salesianos en tierras conocidas, en nuestros ambientes y en nuestro hábitat natural, que es la condición juvenil, espacio que sin duda presenta hoy condiciones inéditas respecto a las generaciones anteriores.

La realidad juvenil es esencialmente dinámica, en movimiento continuo, flujo, devenir, cambio. Los jóvenes de hoy viven desplazándose continuamente, vagan por las ciudades y las redes sociales, construyen comunidades virtuales donde comparte opiniones, sueños y frustraciones. Su forma de estar en el mundo no es la permanencia, sino el desplazamiento. “Nos guste o no, es el mundo en el cual están injertados y es nuestro deber como pastores ayudarles a atravesar este mundo”, dijo Francisco.

Nuestros jóvenes de hoy se ven continuamente enfrentados ante turbulencias propias de un mundo en el que se ven obligados a luchar por posicionarse como actores relevantes en la sociedad, tratando de no dejarse arrinconar. Pero no basta con mirar a los ojos de los jóvenes para percatarnos del grado de incertidumbre en el que están inmersos: son las principales víctimas de las crisis económica y los grandes olvidados de nuestra sociedades; millones de jóvenes que no cuentan con la posibilidad de estudiar o de trabajar y viven en la completa frustración y en el desaliento. Es muy cierto que los jóvenes son la fuerza del cambio pero, ante la falta de oportunidades, muchos se ven obligados a migrar, con todas las consecuencias que esto conlleva.

El próximo Sínodo sobre los jóvenes y la vocación será una oportunidad para confrontarnos y dialogar con esta generación que vive un momento particularmente difícil y que es un reto que nos implica reeditar nuestro compromiso con ellos y replantear la manera en que nos hacemos presentes y les ayudamos a lograr sus metas, hacer realidad sus sueños y vivir con esperanza.

Será la oportunidad para ser más radicales y solidarios con la condición juvenil y “resignificar nuestra manera de servir”, nuestra forma de ser salesianos hoy. No basta con cambiar las estructuras y las formas de servicio; el cambio fundamental se debe dar en nuestra estructura personal delante de ellos, en nuestra adhesión, renovando la promesa que Don Bosco ha hecho a Dios y que hemos retomado el día de nuestra profesión religiosa: “He prometido al Señor que hasta mi último aliento, estará al servicio de mis pobres muchachos” (Memorias Biográficas, XVIII, 258).


Un hombre rico que ayudó a Lázaro

ANS (Agencia iNfo Salesiana)

16/05/2017

En su carta para la Cuaresma de este año, el Papa Francisco hace un llamado a ser generosos con los necesitados, señalando que esta generosidad nos lleve no a dar lo que nos sobra, sino a dar de lo nuestro. En este sentido, el ejemplo de Chuck Feeney, un hombre de 85 años que donó toda su fortuna en obras de caridad, se le aplica la frase: “No repartió migajas. Entregó el pan entero”.

Chuck provenía de una familia de católicos inmigrantes de Irlanda del Norte que se fue a vivir a Nueva Jersey, Estados Unidos. Su madre era enfermera y su padre trabajaba en una aseguradora. Su primer trabajo fue a los diez años, vendiendo tarjetas de Navidad casa por casa. Amasó una fortuna formidable de unos ocho mil millones de dólares; él es el inventor de los free shop en los aeropuertos. Su interés por los problemas de las personas más necesitadas ha sido una constante en su vida a través de obras filantrópicas.

Hace unos años, luego de asegurar el futuro de sus hijos, creó en 1982 la Fundación Atlantic Philanthropies, que con su dinero ha servido a causas que abarcan desde atención a la salud hasta misiones de paz. En diciembre de 2016 se desprendió de los últimos siete millones de dólares que le quedaban. Dice estar tranquilo consigo mismo después de dar todo su dinero.

Actualmente vive junto a su esposa en un modesto departamento de cual ni siquiera es propietario. Su propiedad más valiosa es un reloj de plástico de 15 dólares que es inseparable de su pulsera. Para viajar usa el tren subterráneo, ya que no posee auto.

“Lo importante va más allá del dinero. Consiste en la satisfacción de que estás logrando algo que es útil para las personas. Nunca me dolió desprenderme del dinero porque nunca me sentí apegado a la riqueza material. Me encanta vivir como lo hago, sabiendo que a través del trabajo de la fundación hicimos mucho bien a personas que nunca lo esperaban. Y ver la felicidad de esa gente fue una especie de recompensa”. Palabras de Chuck Feeney.

Este es un testimonio digno de ser difundido, ya que mientras la sociedad y los medios de comunicación insisten en presentarnos las riquezas como la meta y fuente de la felicidad y el éxito personal, este hombre decidió optar por ir contra corriente y dar todo lo que tiene para hacer el bien a las personas, ayudándoles a ser más felices.

Chuck Feeney está lejos de la figura del hombre rico que termina segado ante el sufrimiento de su hermano Lázaro, y finalmente contentándose con una vida mediocre y egoísta. “Una riqueza excesiva que la exhibe de manera habitual todos los días: ‘Banqueteaba espléndidamente cada día’ (v.19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia” (Mensaje de Cuaresma).

Este testimonio llama a la conciencia de todo cristiano, a pensar dónde se encuentra la verdadera riqueza y dónde exactamente tiene puesto el corazón al momento de tener que compartir con el que no tiene.

¿Damos de verdad o damos solamente lo que nos sobra?


¿Por qué prospera el camino de los impíos?

Luis Corral, SDB

16/05/2017

Algunos hombres pensaban que los galileos, a quienes Poncio Pilato había mandado matar mientras ofrecían sacrificios, eran más pecadores que los demás galileos. "Por ser pecadores les pasó lo que les pasó", afirmaban. Pero Jesús les enseñó que la cosa no es así de simple (Lucas 13, 1-5).
En esta vida no existe una relación directa entre los pecados que tú o yo cometemos y los males físicos que tú y yo sufrimos, pero tendemos a creer que así es. O que así debería ser: "¿Sufriste un accidente? Algún pecado has cometido". Pero la experiencia de cada día nos demuestra más bien lo contrario. Se oye constantemente decir: "¿Por qué me sucede a mí esta desgracia, si soy bueno?". Eso nos parece injusto, sobre todo si, al mismo tiempo, vemos prosperar a los malos. Y quedamos confundidos. Ya lo decía el profeta Jeremías (12,1): "¿Por qué prospera el camino de los impíos?".

Pues bien, es cierto que el mal tiene su origen en la separación de Dios. O sea, en el pecado, lo cual se dio en Adán y Eva. Por eso hay tanto sufrimiento en el mundo. Cristo vino para evitarnos esos sufrimientos. Y se enfrentó al mal como un pararrayos en medio de la tempestad. Él asumió el poder destructivo del pecado y lo anuló, para evitar que nos aniquilara. De esa forma se garantiza la bienaventuranza eterna después de la muerte física a todos los que creen. Pero, entre tanto, el sufrimiento llena la tierra. El sufrimiento pasa llevándose a todo el que encuentra por delante. De modo que muchas veces pagan los justos por los pecadores. Como le pasó a Jesús: el único justo e inocente. La justicia a la que todos aspiramos, y por la que consideramos que vale la pena esforzarse por ser buenos, se aplicará en el día del Juicio. No antes.

Jesús no les prometió a sus seguidores dinero y bienestar para esta vida, sino una cruz. Así pues, esperamos la victoria final, la resurrección, la felicidad y la vida eterna, donde no habrá más llanto ni aflicción. Pero eso será hasta el final. Entre tanto, en este valle de lágrimas, el mal se distribuye parejo. Y debemos recordar que, si no nos convertimos, todos pareceremos igualmente.

“Que no nos haga vacilar le hecho de que los malos se enriquecen mientras siervos de Dios viven en la estrechez. Nosotros sostenemos el combate de la fe con miras a obtener la corona en la vida futura. Ningún justo consigue enseguida la paga de sus esfuerzos, sino que tiene que esperarla pacientemente. Si Dios premiase enseguida a los justos, la piedad se convertiría en un negocio; daríamos la impresión de que queremos ser justos por amor al premio, y no por amor a Dios. Por esto los juicios divinos a veces nos hacen dudar, porque no vemos aún las cosas con claridad” (De un homilía del siglo II).
Es normal que muchos de nuestros anhelos nunca sean satisfechos en esta tierra. Son normales las frecuentes decepciones. No somos completamente felices aquí, porque no se supone que lo seamos. Sólo Dios hace feliz al ser humano. La tierra no es nuestro hogar final. Hemos sido creados para algo mucho mejor.